La Frase: "Al final del camino me dirán: ¿Has vivido? ¿Has amado? Y yo, sin decir nada, abriré el corazón lleno de nombres". Pedro Casaldáliga

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domingo, 7 de octubre de 2012

Menos mal


          A veces, uno se cansa de la frialdad de la vida, del abismo que nos separa de la gente que nos rodea, de la soledad portátil que nos envuelve y nos incomunica.

      Cada vez más, doquiera, la indiferencia sustituye a los buenos modales, la cortesía se disipa ante la fórmula del hastío cotidiano.

      El conductor del autobús no devuelve los buenos días, los camareros nos perdonan la vida en cada ronda, y qué afortunado es aquel que escucha un de nada cada veinte gracias.

      A veces, sin embargo, todavía.

     Cada vez menos, uno se encuentra con una persona. Entonces, presurosas, como liberadas del toque de queda del presente, se dan todas las cosas que faltan casi siempre.

     En tales ocasiones, uno se siente un poco menos cansado de la vida, y un poco más vivo.



martes, 3 de julio de 2012

Nocturno Lúcido

In memoriam Juan Luis Galiardo

       
           De noche, cuando los demonios atacan, en esa hora calma de la madrugada en que nos visitan nuestros muertos, pensamos en nuestra propia muerte y –lo que resulta mucho más temible- en lo que va de nuestra vida, en ocasiones, de puro incógnito, el astuto demonio de la lucidez se cuela entre el ejército de nuestros terrores. Sabio, nos deja ver las cosas bajo un prisma que desaparece no bien asoma el primer rayo de sol, pero por un instante –breve y magnífico y, en cierto modo, eterno en su minuto- no sentimos tan lejos a los que faltan, aceptamos con entereza nuestra partida, y por cierto que percibimos con claridad las bazas que llevamos y, con cierta esperanza, las cartas que nos quedan por jugar.

          Luego, lo más probable, apagamos la luz y nos entregamos al sueño o al olvido.

Por la mañana apenas recordamos, y nos aferramos de nuevo, desorientados, a una vida de horarios y llaves y teléfonos y mensajes confusos, incompletos.

Hasta que una noche, de puro incógnito, el astuto demonio de la lucidez se cuela en el ejército de nuestros terrores y entonces, por un breve y magnífico y, en cierto modo, eterno minuto, nos deja mirar otra vez y, claro, nos rescata.