La Frase: "Al final del camino me dirán: ¿Has vivido? ¿Has amado? Y yo, sin decir nada, abriré el corazón lleno de nombres". Pedro Casaldáliga

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viernes, 8 de julio de 2011

Página en blanco

            Era el amanecer de una nueva era, pero, como sucede a veces en estos casos, la gente que había cogido sitio con mucha antelación lo percibía aún como una noche cerrada y oscura, interminable.

            Era el canto de los pájaros y el ulular del viento sobre los árboles, y el baile de los rayos de sol sobre las uvas, y las sonrisas de caramelo de los niños y el ladrido alegre de los cachorros, transmitiendo un mensaje de esperanza que parecía perdido para siempre.
            Pero, como sucede en ocasiones, quienes se habían acomodado a la rutina solo percibían el ajetreo del tráfico y el humo de la fábrica, y el reflejo de luces artificiales sobre vidrios, y el llanto de los niños y los quejidos de los perros, y ese desfile largo, interminable, de números y dígitos y códigos y claves. Una seguridad, en suma.

            Era un comienzo nuevo, ilusionante, una página en blanco ante el destino, con una letra nueva y todos los colores del mundo.
            Pero, como siempre sucede en estos casos, los dueños del libro lo veían como un final triste, y trágico y funesto para todos, y juraban y perjuraban (sobre todo esto último) que más valía la letra conocida, y otra página más y otra y quién sabe.

Ilustrador: Carlos Martínez Rodríguez  Fuente: ITE

domingo, 10 de abril de 2011

La cuarta página

RELATO

          Cuando llegó a la cuarta página, el escritor Ramiro se sintió bloqueado.
Después de varios días de reflexión y dudas, entrevió la solución para continuar su novela: redactó la página cinco. A partir de entonces, las palabras parecían brotar solas. Tras tres semanas de intenso trabajo –trabajo que le costó perderse la intensidad de otras relaciones- casi concluyó su manuscrito.
Digo casi porque la que sin duda era su mejor obra, comparable quizá a algunos libros de grandes artistas, carecía de la cuarta página.
Foto: Aliyah photos
Ramiro meditó largamente sobre las posibilidades. Primero pensó que si convertía la cinco en la cuatro, la seis en la cinco, y así sucesivamente hasta llegar a la 396 y convertirla en la 395, nadie notaría nada, apenas un tirón en la narración, un corte ligeramente abrupto, un pequeño bache que no importa; pero no podía engañarse. Faltaba algo en aquella novela, y estaba en esa página.
Barajó también opciones más pueriles, como achacar a la imprenta su fallo en la estructura, e incluso innovadoras: una novela cuya clave se encuentra en una página en blanco, que el lector debe completar a su gusto, le granjearía la fama y tramas infinitas. Pero no podía engañarse (¿no podía?).
Después de varios meses de duda y reflexiones, Ramiro comprendió que sólo cabía hacer una cosa.
En la tarde del día que tomó la decisión –llovía afuera, y el viento golpeaba contra los cristales- Ramiro encendió la chimenea. Lentamente, como si sopesase una vez más los pros y los contras de lo que estaba a punto de hacer, se encaminó al segundo cajón de su escritorio; lo abrió; cogió el manuscrito.
Mientras las páginas del papel Gatopardo ardían en el fuego y se convertían en una masa de ceniza y recuerdos quemados, Ramiro vio claramente (como si alguien las proyectara), escuchó (como si una voz se las dictara) todas y cada una de las palabras que formaban la página cuarta; la escribió. Comprendió que le faltaban 395.